LA ESTEBAN

Domingo Puerta | Foto: Domingo Puerta


Suele ser la lectura una enfermedad precoz que ataca a los solitarios, a los deprimidos o a los que no saben qué hacer consigo mismos. Leer es siempre una grieta, una pasarela que conduce a una felicidad sosegada y sin aspavientos pero también hacia la certeza de que la tensión entre el mundo real y el soñado produce dolor. Y ahí reposa el gran poder de la literatura, que sabe de las frustraciones y por eso las reconoce, las soporta y las vence, justo lo contrario de esa otra cultura asistencial y espasmódica donde la popularidad queda reservada para los futbolistas, las tonadilleras y Belén Esteban, ese trozo de carne alrededor de una vagina, esa mujer que dice asigún y cocreta y que tiene aspecto de mar; o sea, interminable, poco variada y con todos sus valores en el fondo. Amargamente tenemos el mundo que hacemos y los referentes que merecemos tener. Así es el hueso de nuestro solomillo intelectual, apenas la osamenta de un lápiz que se nos cae del bolsillo mientras recorremos la distancia entre el puti y la biblio.

Es sabido que en la vida hay muchas maneras de estropear la letra, hombres y mujeres que con gusto hubieran escrito su biografía con una goma de borrar o en un papel en llamas. Quizá Belén Esteban pudo ser una de esas mujeres hasta que logró meterse en el catre con un torero, dar un afortunadísimo golpe de cadera y obsequiar al mundo una niña que muestra una obstinada resistencia a comerse el pollo. Si tú que me lees hubieras hecho esto, habrías tenido muchas posibilidades de ser famosa. Pero no todas. Porque el resto no dependerá de ti sino de aquellos a quienes haces ganar dinero. ¿Con qué? Con el espectáculo de tu estupidez. Deberás despabilarte lo bastante como para gestionar una cuenta bancaria de muchos ceros a la derecha, pero estarás condenada de por vida a ser tonta… y a parecerlo. Cometerás un error si lees, si vas a un museo y si sucumbes al ansia, tan humana, de ir perdiendo poco a poco el pelo de la dehesa. No te lo permitirán los mercaderes. Y no te dejarán tampoco fingir que eres idiota, eso siempre lo nota el público. Deberás ser tonta genuina, clamorosa, irrebatible; tonta prístina y pura de manantial, tonta con balcones a la calle, tonta constante más allá de la muerte, que habría dicho Quevedo. Pero a cambio te harán rica, siempre y cuando tengas la cara lo bastante dura y consientas seguir renovando el contrato para seguirla teniendo.

Aunque no nos engañemos. La peripecia vital de la Esteban es sólo un anexo dentro de un drama mucho más grande, el de un país que perdió muchas veces el camino de la modernidad y que otras tantas hubo de bregar lo imposible para regresar a él. Esto da una idea muy precisa de quién es ella y de cómo es el país, o la parte del país, que la admira y que ha llevado el fenómeno más allá del esperpento, del ridículo bien pagado o del puro petardeo televisado. Esta señora ya genera bibliografía, aunque ella probablemente no sepa bien qué es eso. Esto es que ya hay escritores que perpetran ensayos analizando por qué los tontos, las prostitutas de alta competición, los ladrones, los chulos o los meros sinvergüenzas todoterreno ocupan tantas horas de televisión. La gente sabe que esa es la puerta más ancha de la fama y que ninguno de los que han llegado a ella después de poner copas desea volver a ponerlas, al menos mientras los mercaderes no elijan a otro para hacerle famoso y tú te quedes con cara de no saber qué ha pasado ni por qué se ha ido todo el mundo de la fiesta, por qué ya no te adoran las crías ni tienen el menor éxito en la red tus fotos sin camiseta, tú que todavía no sabes que todo hombre tiene un límite de golpes a partir del cual todos los demás lo derriban.

Pero quitemos un poco de hierro al asunto. Su hija Andreíta ya come lo que le da la gana, se defiende en inglés y además se ha ido al extranjero, lo cual es prueba evidente de que Darwin tenía razón y la especie evoluciona. Ha sabido liberarse del martirio de la fama y eso arroja un poco de luz en la letrina, a la manera de esas bombillas de parpadeo triste que resisten en los camerinos mal iluminados. Con Andrea Janeiro asistimos al fin a la belleza fácil de esos perdedores con chófer que juegan al mus sobre el capó del taxi y que saben que el fracaso es el único sitio en el que puedes sentirte seguro porque nadie va a tratar de quitarte el último puesto.

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