NICO

Domingo Puerta | Foto: Marcela Cabal (Vanity Fair)


En la vida todo viene mezclado. A nosotros ya nos vienen las cartas barajadas, aunque siempre podemos jugar a manejar el destino, que es la fantasía que tenemos todos. Lo que nadie te cuenta es que hay menos azar en una mesa de póquer que en la vida. Jugando sólo cambian las cartas, pero dos jotas ganan siempre a dos cuatros. Y en la vida, como en el póquer, hay que saber cuándo y cuánto apostar y saber abandonar a tiempo, porque la suerte sólo te acompaña si te sorprende bien colocado. Como a Francisco Nicolás, con ese encanto que tienen los embaucadores hasta que se topan con otro que lleva la escalera de color y acaba con su racha. Porque siempre hay otro. Pillos no faltan ni está previsto que falten jamás.

Confieso mi simpatía por el (ya no tan) pequeño Nicolás. Es fácil abrazar su historia, la de un pececillo en una piscina llena de tiburones. Con 24 años te crees más listo que nadie, aunque las espinas se te claven en los pies y el polvo del camino se te meta en los ojos, como a todos los demás. La peripecia de Nico sólo puede entenderse bajo la litúrgica luz de una juventud insolente y su claro desdén hacia las normas. Por eso no puedo arremeter contra un lechuguino así mientras viva en un país incapaz de perseguir y castigar a los grandes culpables.

De esta historia minúscula, que es material cinematográfico de primera, queda la lección de que la suerte le ganó la mano al talento. Nicolás se asomó al mundo con vocación de peligro y terminó por tropezar cuando casi ni se había calzado todavía las botas. En la vida los hay tontos y listos, pero únicamente los fuera de serie logran sacar beneficio a la montaña de basura que propicia el sistema. Por eso nunca se debe jugar al juego de otro hombre, porque nadie monta un juego para perderlo.

Nico es tan pipiolo que sólo puede incluirse en la nómina de los ingeniosos, de aquellos que se imaginan un juego de espejos y tratan de hacerlo creíble. Pero para ser un depredador hay que tener el cuero mucho más duro, no dejarlo todo al azar y llevar siempre en la faltriquera una baraja de cartas marcadas. Así que lo de Nicolás, eso de presentarse con su propio partido a las próximas elecciones europeas, no pasa de travesura, de ser apenas una historia de amor contada desde la mesa de un bar para millennials decepcionados.

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