ESPAÑA ME PONE

Domingo Puerta | Foto: Domingo Puerta


La vida se parece al ajedrez en que cada movimiento puede empeorar tu posición, arrimarte un poco más a la derrota. Pedro Sánchez sigue empeñado en atracar una comisaría o un banco de semen. O sea, en hacer cosas estúpidas. Por eso desprecia la manifestación que tuvo lugar en la Plaza de Colón. Porque las oportunidades son así: nunca se las reconoce a tiempo, sólo se dejan ver cuando ya se han ido para siempre.

Los que creemos en España estamos de enhorabuena. La mejor garantía de una victoria es siempre el error del adversario y el PSOE acaba de convertir a su líder testicular en un fósil, en un personaje asistémico, marginal y suburbano sin opciones de resistir en La Moncloa. Es la vida pasándote por encima, el regustillo acre de la impotencia, tú que no eres más que un nota con pinta de cura que acaba de descubrir que no tiene vocación. A Sánchez, que está perdiendo las burbujas, los días se le hacen largos como un mundo sin bares. Porque el futuro es eso que te va a fallar por mil sitios. Porque qué hacer cuando la realidad se te cuela en el rostro y lo invade todo como un relámpago. Qué hacer cuando el trending topic es hablar mal de nuestro país. O hacerlo de perfil, como cuando entras en un sitio demasiado pequeño donde no quieres estar y entonces te camuflas con la nada mejor que encuentras para no sentirte averiguado por los demás. Aunque confieso que a mí España me pone. Yo no necesito ganar ningún Mundial para alcanzar la españolidad.

Hoy quiero que las palabras que tanto me gustan, que tanto uso y que tan inútilmente me acompañan sirvan para cantarle a España, esa trama de amor y muerte con la arandela de los ojos cansados, ese disparo que sale bajo la falda del abrigo, esa necesidad de negociar con el diablo para tocar a Dios por el otro lado. Porque se borrará nuestra memoria de las gentes y de las calles, nada quedará aquí que nos recuerde, y España seguirá ahí, con la voz morena y quemada de esas mujeres de las que no se conoce nada pero de las que se sospecha casi todo, como esas fulanas que son capaces de desplumar a un cliente sin tocarle siquiera la bragueta.

España es de una belleza que hiere la mirada, con algo de boxeador caído en desgracia o de torero fuera de cartel. Por eso no queda más remedio que querer a este país de opuestos, quererlo como se quieren dos enamorados que se miran hasta que no pueden más, quererlo con la misma urgencia con que se buscan los puntos de luz dentro de un cerebro acorralado. Porque así somos, una astilla en el iris, el vidrio de la mirada, el reflejo en un cristal que alguien resquebrajó de un puñetazo. Eso somos. Ni mejores ni peores. Sólo así.

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