INDIGNADITOS

Domingo Puerta | Foto: Luis Sevillano (El País)


Hoy hace ocho años de aquel puñetazo de luz que se supone iba a pasarnos a limpio la biografía, de aquel currículum de buenas voluntades donde lo mejor era la grapa. Entonces los indignados decían necesitar de la calle, del roce con la verdad, de esa filosofía de la fricción que consiste en apostar por la vida inacabada, por una vida en gerundio. Pero de la indignación ya sólo queda el polvo del silencio, la quietud propia de las cosas que ya no se mueven si tú no las empujas. Es como si los que jalearon en Sol se hubieran desentendido de su propio destino, como si ya no tuvieran nada importante que decirle al mundo, acaso un sordo y último reproche a Dios por haber creado demasiados poetas para tan poca poesía.

Toda la fuerza del espíritu quincemayista se esfumó cuando entendió que ya no había nada que hacer, ni siquiera desesperarse, que para qué intentarlo si cada día te desayunas un balazo en la boca y eres uno de esos hombres buenos que sonríen mal y a los que es necesario conocer muy bien para poder llegar a respetarlos. Fue por eso que aquel espíritu se agachó, recogió del suelo su agotamiento sin victoria, su tristeza fundamental, y se largó sin decir adónde iba. Quizá a poner el corazón donde corresponde, entre las costillas, a salvaguardar la propia vida y a no luchar por nada que no sea tu rellano, el trozo de escalera que pisamos como si se tratara del último avión que pudiera sacarnos de una isla en llamas.

Estamos ante la historia de un tremendo éxito y al mismo tiempo la historia de un éxito insuficiente. Cunde la sensación de haber repasado la camisa blanca de la esperanza con una plancha arrugada, de haber hablado mucho no para resolver los problemas sino tan sólo para que no nos engordara la lengua, sólo para que Podemos capitalizara todo esto y diera con esa incógnita del éxito que se despeja mezclando adecuadamente la poesía con la lencería y la felación con el Ave María.

La supervivencia de Pablo Iglesias tiene la espeluznante sonoridad de una moneda en un bidé, la delicada y trágica languidez de una tráquea de ángel. El fracaso no termina de encontrar en el flaco un lugar en el que acurrucarse. Y ya ni siquiera importa que su discurso vaya perdiendo densidad emocional a medida que él se aproxima al poder, igual que le sucede al jazz cuando se aleja de los garitos. Y no importa porque a Iglesias el paso del tiempo, pese a todo, le está lavando la imagen. Sus pasos no hacen más que dar como una llave en el suelo, el mismo suelo donde bailan sus rivales sin soltar de la mano una maleta con tierra para su propia sepultura, allí donde ya no puedes esquivar la trayectoria de la bala y un tal Casado  quema las suelas para estar en casa a tiempo de abrirles la puerta a los muchachos de la funeraria.

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