FELIPE, AÑO 5

Domingo Puerta | Foto: Juan Medina (AP)


Hace cinco años que Juan Carlos I abdicó de la Corona en favor de su hijo, Felipe VI. El acto se celebró en el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid y desde entonces don Felipe ha tenido la fortuna de convertirse en un clásico al poco tiempo de haber aparecido; casi da la sensación de haber nacido justo donde pasan las cosas y ni un milímetro más allá. Y eso ocurre cuando no tienes que inventarte nada, cuando tu padre es tu mejor profesor mediante la pedagogía del ejemplo aun con todos sus errores y aunque otros quieran asignarte tu ración de miseria y gloria antes de tiempo. Porque se puede ser republicano, ovolactovegetariano o de los Rolling Stones, pero no un desagradecido. A ojos azules le pido que haga -si lo dejan- como hizo el emérito, que reine sobre el aburrimiento y la prosperidad de un país sin sobresaltos, uno de esos que cuando alguien llama al telefonillo a las seis de la mañana se sepa que es un borracho, un tonto cristalino o un gamberro puro de manantial y nada más.

A este rey le toca persuadir a los ciudadanos (a los que admitan la posibilidad de ser persuadidos de algo, que nunca han sido muchos en España desde que se inventó la rueda) de que la Corona no pretende otra cosa que ser lo que es porque no tenga, de hecho, nada mejor que ser. A este rey le corresponde lograr una corte sin cortesanos o un palacio sin validos, la monarquía de todos con balcones a la calle, la energía común que viniendo de muy atrás llegue aún más lejos y se cuele entre la gente, allí donde el dolor se lía con la alegría.

Este rey, que alguna vez se ha quedado con la mano tendida ante algún cretino sin educación, es de suponer que tenga miedo. Porque tiene suerte. Y la suerte siempre te deja solo para que seas tú mismo el que lo estropees todo. Pero da igual, qué importa, el mundo ya no es como nos advierte Jaime Peñafiel, resulta que el tiempo no se detiene. Por eso que sea usted siempre quien se quede con la mano tendida, Majestad. Eso es grandeza.

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