DE ACUERDO EN EL DESACUERDO

Domingo Puerta | Foto: Bernat Armangue (AP)


No somos tan importantes: el universo cabía en la pupila de una perdiz antes del Big Bang. Así que soy feliz como tantos otros, sin hacerme demasiadas preguntas y cerrando en la página dos todos los libros de autoayuda. En realidad sólo me importa lo que puedo abarcar con la mirada en mi horizonte particular. Pero escribo aquí y hoy tengo que hablar una vez más de nuestros políticos IKEA, que son aquellos que te obligan a montar los muebles después de haberlos pagado, y que además son tan inútiles como los amigos de Facebook, ese listado inabarcable donde no hay nadie al que puedas llamar para ir a tomar una cerveza.

España es el todo y la nada jugando a la ruleta rusa para ver quién queda en pie y paga la ronda, apenas un estado de ánimo en busca de relleno, un país con una mirada veinte años mayor que sus ojos y un rostro que asemeja loza sin fregar. Y es que a veces tardas en regresar, te cuesta volver al sitio que mereces. Hay mucho tráfico por todas partes y tanta señal y tantos coches te lo ponen muy difícil. Es entonces cuando notas cómo la grava se cuela bajo tus pies mientras estudias posibles vías de escape. Porque hay cosas que sólo pasan aquí, sólo aquí los mediocres pueden poner en cuestión el salto mortal de los elegidos para luego derrumbarse contra la puerta que no les abren, lloriqueando. El PSOE no sólo no digiere su incapacidad para formar Gobierno y encabezar un liderazgo responsable sino que además vive aupado en el número uno del ranking de los problemas nacionales, atrincherado en una especie de caída a cámara lenta porque después no sabría cómo levantarse.

Pedro Sánchez es la ausencia de un plan B, la metáfora de nuestro esfuerzo por ganar sumandos a esa resta larga que es la vida aunque para eso tengamos que hacer trampas o emborracharnos con nuestro propio espejismo, como cuando Plácido Domingo y José Carreras se juntaron con Pavarotti y por un instante todos creímos que dos de cada tres genios en el mundo eran españoles. La genialidad de Sánchez estriba sin embargo en igualarnos por abajo para disimular su propia impotencia y poner al sol los mocasines con los que pisa sus propios escupitajos. Quizá busca la manera de encajar su desastre personal dentro del desastre español, como la estrella corriente que se convierte en fugaz sólo para huir lo más lejos posible por temor a brillar.

Supongo que ayer Pedro Sánchez miró a su alrededor y no vio a nadie que lo conociera de veras, nadie que viniera a aplaudirle de verdad simplemente porque deseara acompañarle en ese momento o porque sintiera que debía estar a su lado. Supongo que no. Que no había nadie y que no buscó más, él que como los demás tampoco sabe dar un paso sin información privilegiada y que de no ser por su ejército de asesores enterraría todos sus ahorros en placas solares por toda Galicia, la clase de tipo para el que una autocaravana no es más que un furgón con váter. Aún así, su cogorza vertical casi siempre es más digna que la de la ultraizquierda, esa que se empeña en endilgarle un seguro a un arruinado, la misma que todavía no sabe que tener razón es tener una responsabilidad y que sólo la gente que se quiere encuentra soluciones para seguir queriéndose. El bloqueo del país es la visión arcádica de los que ya no pisan el barro, la España inamovible de los que buscan en YouTube algún tutorial sobre cómo acceder al poder, la España en fin de los que no conciben que a veces lo que te toca es perder y ejercitar tu fe en el otro, como cuando éramos pequeños y todos creíamos que nuestro padre era el hombre más fuerte del mundo mientras algo en nuestro interior nos decía que no necesitábamos comprobarlo.

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