LAS MALAS ARTES

Domingo Puerta | Foto: Cordon Press


Hace muchos años acompañé a mi padre a un anticuario de la calle Ribera de Curtidores y me enamoré a primera vista de un pequeño cuadro -un bodegón con jilguero- que el propietario tenía olvidado contra la pared. Lo firmaba Juan de Zurbarán, un tipo que yo estudiaba en el colegio. Luego me enteré que en realidad esa obra había sido pintada unos meses antes por un artista irrelevante. De haber sido verdadero, aquel cuadro habría valido millones de las antiguas pesetas, pero allí se vendía por 15.000 pelas. Esa fue mi primera decepción con el mundo del arte. Entonces supe que hay cuadros que reclaman la pared de una villa junto al lago Como y otros que no son nada sin la sofisticación de un apartamento de Nueva York, igual que los hay que sólo sacan todo su esplendor en una carbonera o en el cuarto de los trastos bajo una bombilla de 40 vatios.

Felizmente, o no, el panorama ha cambiado. La crisis económica jibarizó la feria de las vanidades a su tamaño natural y los coleccionistas alcanzaron la mayoría de edad: la única belleza suprema es la del dinero por más que el circuito del arte moderno siga necesitando de un montón de gente refinada y amable que se mueva entre los lienzos con pasos de ballet para que otros, los que extienden los talones, puedan colgar un Picasso en su baño y contemplarlo mientras cagan como aparceros de Oklahoma. Hoy sin embargo el artista más mediático no se esconde en un hotel de superlujo ni en una galería alternativa de Malasaña; está en Ibiza y vive en bañador. Se llama Blanca Cuesta y por ser la mujer de Borja Thyssen los frutos de su talento, es un decir, se venden a 5.000 euros el más barato. Casi puedo imaginarme la cara que pondrán quienes los tengan que comprar cuando piensen en dónde rayos los van a poner cuando lleguen a casa.

Porque puedo equivocarme, pero yo juraría que la señora Cuesta no tiene ninguna formación. No hay más que ver lo que hace. Además la predisposición artística se advierte muy pronto en los críos, pero es como las plantas: hay que cuidarlas, regarlas y abonarlas. Y ese es un trabajo que hay que hacer en casa, desde luego, pero también en la escuela. No es fácil que alguien se dé cuenta de tu talento salvo que seas un niño prodigio que en vez de hacer monigotes copie ‘La rendición de Breda’ en la pared del pasillo. El sistema educativo nunca ha terminado de entender que la educación artística es una inversión a muy largo plazo y que hay que crear una estructura sólida y duradera que no esté sujeta a los vaivenes políticos ni gubernamentales. Pero sobre todo hay que creer en esa enseñanza. Si no, todo es inútil. En Alemania por ejemplo, donde tengo familia, casi todos los chavales saben tocar algún instrumento musical mientras en España hemos construido un país en el que cuando un niño quiere ser escritor la familia le trata como a un enfermito y hace cuanto puede para convencerle de que muy bien, pero que primero estudie Derecho o se saque una ingeniería para tener «un trabajo de verdad».

Pero no sé. Alguien dijo alguna vez que el arte es lo que nos hace humanos, aunque eso a quién le importa. No al menos a nuestros gestores, que sólo buscan dinero en los túneles del AVE o en las concejalías de Urbanismo. Para ellos la única utilidad que tiene el arte es venderlo, la capacidad que tenga para hacer caja. Casi tanto como para la señora Cuesta. A la que también le sirve para salir en las revistas -que hay que ver qué bien se le da eso-. Sobre todo en un mundo donde la supuesta genialidad de unos pocos certifica la estupidez de casi todos.

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